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Tras andar buscando y buscando, los rancheaderos encontraron a Oduká escondida detrás de una ceiba. Oduká hizo frente a los primeros perros con un machete y según iban viniendo los partía en dos, machetazo va y machetazo viene; y cuando ya le estaban faltando las fuerzas, la brava Oduká decidió subir a la ceiba. Según iba subiendo, las espinas de madre ceiba le destrozaron el vestido y sus pies sangraban; pero a pesar del dolor y de la sangre que por el tronco de este árbol tan sagrado, seguía subiendo para lograr su libertad.
Una vez arriba, los perros supervivientes ladraban rabiosos, incapaces de morderla; y los rancheadores discutían si subir a la ceiba para capturarla viva o batirla a tiros y entregarla muerta al amo, el dueño de San Ignacio.
Pero Oduká, la hija de Tsento, jefe vrillumba africano, invocó a la madre ceiba y pidió protección:
"Sikirimato monu mboba, guandi Ungundu. Mundele kuenda kiaro, mbari munu malala. Munu kuenda kakuisa nsulu Ntoto-Güini, ntantando mutamba Tsento".
("Escucha, madre ceiba. Los rancheaderos blancos desean mi muerte. Llévame volando al África, junto a mi padre el jefe Tsento")
Y así fue...
La madre ceiba escuchó la plegaria de Oduká y un viento huracanado se formó sobre este árbol tan sagrado, misterioso y poderoso. Los rancheadores huyeron espantados cuando vieron tal prodigio, y sus perros tan fieros y terribles, se escondieron con el rabo entre las patas y las orejas muy gachas. Oduká fue arrebatada por aquel viento y llevada a su tierra natal...
Cuando el anciano Tsento, el gran taita-nfumo (sacerdote hechicero) y mutamba (jefe) vrillumba vio a su querida hija, no daba crédito a sus ojos:
-Pero... y tú ¿qué haces por aquí, hija mía?
-Pues ya lo ves, padre mío. Madre ceiba me trajo aquí a mi tierra y a tu lado, para no tener que sufrir más injusticias y vejaciones, y para ser libre para siempre."
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